Ser joven es una circunstancia biológica, no jurídica. A los 18 años se adquiere la mayoría de edad, lo cual implica que el individuo alcanza la plenitud de derechos al reconocérsele la suficiente madurez para la igual participación en sociedad. Ahora bien, desde la arena política parece que en vez de pretender propiciar la emancipación del individuo, se prefiere perpetuar un rol estereotipado de los jóvenes que los suma en una condición minimizada de ciudadano. Así, se prefiere reducir la participación política de los jóvenes en organizaciones juveniles, en múltiples ocasiones irrelevantes, a las que se tiende a recurrir por parte de los partidos políticos para utilizarlas como el menos sutil de sus instrumentos partidistas, escudados en una supuesta vehemencia juvenil, para ejercer de guardias de asalto en la confrontación política. De esta forma, se lleva a cabo, en torno a ellas, las campañas más agresivas, sectarias y vacías, con la idea de que se adaptan al lenguaje juvenil. Como si ser joven implicara ser idiota.