Opinión Jcs

Brexit y la Unión Europea

Jesús Cordero - 15/10/2018 @ 00:00

En el pasado 2017 la Unión Europea llegó a su 60 cumpleaños atravesando uno de sus peores
momentos hasta entonces: la gran crisis financiera, la subsiguiente crisis griega (y los contagios
de Irlanda, Portugal y España), intervención militar de Rusia en Ucrania, una de las mayores
crisis de refugiados de la historia reciente, auge de los populismos euroescépticos en
numerosos países de la Unión (y en el gran socio atlántico, Estados Unidos), enfrentamiento
con Turquía, crisis de seguridad por el terrorismo yihadista. A ello se sumó el Brexit, la primera
vez en la historia que un país miembro, Reino Unido, se marcha del club.

Londres y Bruselas llegaron el pasado marzo a un acuerdo para que Reino Unido disfrute de un
periodo de transición antes de abandonar definitivamente la UE que se extenderá durante 21
meses hasta el 31 de diciembre de 2020. La aceptación de este periodo de transición exige a
Reino Unido aceptar durante casi dos años toda la normativa comunitaria. Esto se traduce en
que, por ejemplo, todos los ciudadanos europeos que lleguen a Reino Unido hasta el 31 de
diciembre de 2020 tendrán los mismos derechos que los que ya viven en la isla. Sin embargo,
Reino Unido no podrá tomar parte en las decisiones que tome la Unión Europea, aunque sí
seguirá formando parte del mercado único y podrá empezar a negociar acuerdos comerciales
con terceros países independientemente.

Aunque las consecuencias del Brexit son, en su mayoría, muy negativas para la Unión Europea,
es una realidad que debemos afrontar haciendo de la necesidad virtud y aprovechando la
salida para mejorar la cohesión interna de los restantes 27 países miembro, así como mejorar
la gestión del presupuesto comunitario para maximizar sus capacidades y evitar en la medida
de lo posible el impacto dela retirada de uno de sus mayores contribuyentes netos.

Solamente desde una la unidad se va a poder negociar un acuerdo de divorcio y uno que
regule las relaciones entre el Reino Unido y la UE que sea favorable a los intereses de nuestro
proyecto común y de sus ciudadanos. Y únicamente desde la voluntad de caminar juntos se
podrá llevar a cabo un verdadero proceso de reflexión y reforma de las instituciones que nos
lleve a recuperar los niveles de percepción positiva de la ciudadanía de finales de los años 80 y
mejore los mecanismos comunitarios para hacer frente a nuestros problemas compartidos.

Europa es algo más que un mercado único de 500 millones de personas. O, al menos, cuando
nació tenía como fin la consolidación de una alianza de naciones que debían actuar con unas
mismas reglas de juego y sobre la base de unos principios y valores democráticos
fundamentales que evitaran los horrores de la II Guerra Mundial. Si nos olvidamos de los
principios, el proyecto queda limitado a sus aspectos económicos y, entonces, cuando las crisis
llegan, el nacionalismo resurge como una respuesta egoísta y supremacista: primero mi casa y
luego la de los demás.

El nacionalismo ha sido para Europa motivo de guerras incesantes “Le nationalisme, c’es la
guerre” exclamaba el presidente francés Miterrand en el Parlamento Europeo en 1995. La
creación de proyectos políticos integradores, europeístas y empoderadores de una ciudadanía
comprometida también con la Unión Europea, que, como Ortega y Gasset, vea en Europa la
solución y no el mal para España, es crucial para detener la ola de nacionalismos y
movimientos populistas que tanto daño han hecho (y hacen) a las sociedades liberales,
democráticas y de progreso social que hemos ido construyendo juntos.

Volver a Opinión Jcs