811718922_156522Una Nación es, o al menos debería serlo, en palabras de una autoridad del pensamiento español como José Ortega y Gasset, ante y por encima de todo, un incitante proyecto de vida en común orientado a un mañana preferible. Para la consecución de un proyecto de vida nacional se requiere que todas las energías del cuerpo social se aúnen en pos de una visión de futuro de común acuerdo y de atracción compartida. Sería posible defender la idea que, grosso modo, los grandes proyectos nacionales históricos han sido aquellos que han sabido atemperar las pulsiones particularistas endémicas de sus habitantes, han sabido ofrecer amplios puntos de asentimiento y renovarlos, minimizar o arrinconar las inevitables fricciones gracias a la confianza y la entrega a un proyecto de vida compartida y, en definitiva, han acertado en asentar su programa en el consenso.

A nadie debería escapar la importancia del consenso como elemento salutífero de la vida de una nación en tanto que dotador de estabilidad, fuerza y, sobre todo, necesidad para que una nación prospere amoldada a la idea de un proyecto ilusionante. La Historia política nos brinda numerosos ejemplos de sopetones contra el consenso, arrebatos pasionales y excluyentes satisfactorios sólo para unos pocos, que como no podía ser de otra manera, al ir contra los deseos de una parte significativa del todo social, han derivado en grandes fracasos. Por el contrario, cuando a lo largo de la Historia se ha concedido al consenso un papel central en la construcción de un proyecto para una Nación, buscando la satisfacción máxima de todas las partes en beneficio de todos y en detrimento de nadie, la estabilidad y la aprobación más o menos entusiasta han sido los rasgos predominantes.

Ahora mismo, nos encontramos en un momento de inflexión. El fracaso de las negociaciones para formar gobierno en España han puesto de manifiesto el avance del sectarismo y la exclusión, y la aparente polarización electoral entre el PP y Podemos es buena muestra del fracaso coyuntural del consenso en España. La retroalimentación de esos dos polos y su ostensible intransigencia respecto a la idea de acuerdo sólo cimenta un muro disgregador del cuerpo social que amenaza con quebrantar los mejores valores de la Transición democrática y de los mejores episodios de nuestra Historia. Podemos, con su insistencia en seccionar del cuerpo social a aquellas personas que no se identifican plenamente con la etiqueta izquierda y a vaciar de valor social y político a esos compatriotas, no hace más que ahondar en las divisiones sentimentales de una sociedad que merece finiquitar la cicatrización de sus recientes heridas y no revivirlas. Por su parte el Partido Popular, intentando movilizar al electorado en beneficio propio apelando al miedo a Podemos, hace gala de una irritante miopía política y poca talla política. Poner a compatriotas unos en contra de otros es la característica de la peor cara de la política, la espoleta que ha de diluir toda oportunidad para el consenso y que tiene que propiciar un período de enfrentamiento y división que a todos empobrece.

Ciudadanos tiene en esta coyuntura una enorme responsabilidad y un gran deber para con los españoles, dado que en un marco de valorización de las diferencias y las intransigencias, ha de trabajar por hegemonizar el valor de la unión social, la transacción y el consenso y, especialmente, por hacer entender a una sociedad que parece verse arrastrada por la negación del otro, que todo proyecto nacional e histórico que se precie se ha construido en base a un acuerdo en el que las diferentes partes del cuerpo social han depositado su ilusión en connivencia con las para nada inmiscibles ilusiones de los demás. Sólo asumiendo el papel del consenso en la política e ilustrándolo con los paradigmas de nuestro propio pasado podrá acometer España la regeneración de su proyecto político, que como todo el que se precie, ha de ser por encima de todo un proyecto de vida en común.

Jóvenes de Ciudadanos